Por María José Moreno, Psicóloga, Magíster en Psicología Educacional y Docente de IPG en la Escuela de Ingeniería.

Hemos vivido circunstancias especiales, un contexto distinto, donde la vida y nuestra cotidianeidad se ha puesto de cabeza, donde nos hemos enfrentado al miedo a lo desconocido, donde hemos sentido emociones como la tristeza en niveles profundos, el agradecimiento cuando las cosas mejoran, la incertidumbre en su expresión más intensa.

Y vamos avanzando, debemos enfrentar el retorno, temido y/o anhelado, retorno a nuestras actividades pre-pandemia.

Realizando un paseo por la web me encuentro con innumerables sitios que, movidos seguramente por la buena intención y el profesionalismo, nos entregan variadas sugerencias para comprender una nueva normalidad y enfrentar, con más o menos éxito, pensemos que, con gran éxito el retorno a nuestras actividades normales.

Dependiendo de nuestras experiencias previas y de nuestra personalidad este retorno nos genera emociones puntuales e intensas o una mezcla de estas, no sería extraño estar alegres por salir, con miedo a contagiarnos, tristes por dejar a los niños en casa, preocupados por toparnos a gente sin mascarilla y emocionados por ver a nuestros amigos; podemos vivenciar todo lo anterior y les aseguro que es normal y esperable. Dentro de toda esta paleta de estados emocionales, quiero hablarles del miedo y la ansiedad.

La ansiedad tiene una función adaptativa. El miedo también la tiene. Pero, ¿Qué nos ocurriría si vivimos en un estado constante de miedo, de ansiedad?, ¿podemos vivir en un estado constante de ansiedad, en un estado de miedo por siempre? Por supuesto que no. Probablemente enfermaríamos física y mentalmente.

Entonces, ¿Cómo manejamos el miedo y la ansiedad?
Ante un acontecimiento nuevo, nuestro cerebro está diseñado para anticiparse, para evaluar si nos perjudica o nos beneficia (evaluación primaria). Esta anticipación puede paralizarnos o movilizarnos a la acción. ¿Qué podemos hacer al respecto (evaluación secundaria) ?, ¿Cómo la aprovechamos a nuestro favor?, esto es lo que veremos a continuación:

Información

Por regla general, la información nos ayuda a manejar la ansiedad, la preocupación. Entonces, tenemos terreno ganado. Sabemos con mayor certeza que hace un año y medio atrás a que nos enfrentamos y sabemos las medidas de protección. La información sobre cómo debemos actuar nos calma.
Seleccionemos que información nos sirve:

• Horarios de clases, horarios de trabajo.
• Aforo de los lugares donde debemos asistir.
• Horario de medio de transporte.
• ¿Me proporcionarán mascarillas, alcohol gel o debo llevar?
• ¿Dónde podré almorzar o tomar un café?

 Organización

La improvisación es una habilidad maravillosa, pero dejémosla por el momento para decisiones más triviales. La planificación nos ayudará a disminuir la ansiedad ante el retorno. Veamos algunos ejemplos:

• Tenemos niños pequeños, organicemos el cuidado de ellos. Anticipémonos a la fecha de regreso a nuestras actividades laborales y/o de estudio para que al momento de tener que retornar, tengamos este aspecto tan relevante en nuestras vidas resuelto. Recordemos ¿cómo lo hacíamos antes de la pandemia?
• Generemos rutinas que nos permitan disfrutar momentos en actividades placenteras. Ver una serie, caminar, andar en bicicleta, pasear al perro, jugar con los niños.
• Procuremos tener los elementos de autocuidado disponibles. Así como llevamos el celular a todos lados, tengamos mascarillas y alcohol gel a disposición. No tener la mascarilla para salir a las 8:00 A.M nos puede alterar nuestra alegría matutina.

 Los «Superhéroes y superheroinas” existen en Marvel y en DC Comics. Somos seres humanos. Es normal sentirnos preocupados, cansados o alterados.

• Atentos al cuerpo y al alma. Reconocer cómo nos sentimos, ponerle nombre, es el primer paso. Pasar de la sensación de malestar, a reconocer que es miedo o preocupación, nos ayuda a resolver (por ejemplo, a pedir ayuda)
• Cuidemos nuestras redes de apoyo. El aislamiento social no implica desconexión social-emocional de los otros. Fortalecer los vínculos es un importante factor protector, cuidarnos mutuamente.
• Pidamos ayuda. Desde lo más grande a lo más pequeño. Me refiero a expresar nuestras necesidades en todo ámbito (ir a un médico, a un psicólogo, pedir ayuda en el trabajo, a un profesor, pedir ayuda para lavar la loza o para lavar el auto), pedir o solicitar es un acto de autocuidado.